jueves, 5 de febrero de 2009

El lenguaje: libertador y carcelero.


El hombre es construido socialmente, por lo que la misma identidad de una persona se asume bajo una apariencia casi estrictamente social. Desde que nacemos, desde que el arquitecto pone la base para la gran obra o desde que el ingeniero finaliza la construcción de un potente ordenador y se encuentra preparado para recibir datos, estamos a expensas de los albañiles, en el primer caso, o de los usuarios, en el segundo, que nos van moldeando, siendo ellos, y solo ellos, los que construyen nuestra identidad.

Desgranando la metáfora del edificio, el arquitecto construye unos planos y una base, una base pura, perfecta, donde todo encaja con todo, que se asemejaría al niño nada más nacer. En ese momento, el niño es un receptor potencial de estímulos virgen, “sin estrenar”, una máquina de asimilar “recién salida de fábrica”. Cuando nacemos somos pura biología, aunque bien es verdad que existe el hecho demostrado de que el niño recibe algún estímulo desde el vientre de la madre, pero se trata de algo casual, no fruto de una labor socializadora estructurada. Nuestra identidad hoy en día, como si hubiera sido planificada desde los inicios de nuestra vida, ha estado siendo elaborada cuidadosamente por una serie de operarios que, de modo circunstancial, han colaborado, a veces sin ellos del todo desearlo, en la creación del “nosotros mismos”, del quid nuestra condición humana que la hace plena. Y dentro de ese proceso de construcción hay un salto, más o menos brusco, un cambio cualitativo, que es el momento o periodo de tiempo en el que pasamos de ser un receptor pasivo de estímulos, una máquina que acata lo que otros deciden, a ser un receptor con parte activa en ese proceso, y hablamos de cuando aparece el sentido de “yo”, del “self”, del uno mismo, el momento de la vida en el que una persona puede decir: “yo quiero esto”, o “eso no me gusta a mí”. A partir de este momento, la máquina comienza a tomar parte en un proceso de decisión del que antes solo la tomaban otros, el hombre comienza a identificarse él mismo como receptor de estímulos, como una entidad más o menos estable en el sentido de poseer una serie de pautas que otros anteriormente han marcado. A partir de ese momento, el proceso de construcción se vuelve más cerrado, más específico, más selectivo a determinados tipos de estímulos, pues se ha marcado una nueva cota, una nueva base sobre la base inicial y la primera base del proceso de construcción. A partir de aquí y, si miramos ya hacia adelante, hacia la edad adulta y posteriormente, la persona irá adquiriendo unas pautas de recepción de estímulos y una selectividad mucho más estables y específicas, lo que tendemos a llamar como “ideología”, “forma de ser”, “personalidad”… Y un sinfín de descripciones que no llevan más que a dar cuenta de una pauta estable de selectividad en la asimilación y acomodación de estímulos, los cuales pueden pasar por varias fases según la complejidad en la selectividad del razonador y, asimismo, una pauta estable en la emisión de estímulos, pues el hombre construido se convierte también en una máquina de emitir para la construcción de otras máquinas o como estrategia en la construcción de sí misma.

Y ésta descripción mecanicista de la maduración del ser humano no la hago sino para mostrar que toda persona es una construcción, que toda identidad, por estable que parezca, es un hecho social más, fruto de un proceso de moldeamiento a lo largo de una concatenación interna de las interpretaciones de los estímulos. Antes de continuar, me gustaría hacer un inciso en la argumentación, y es que con la misma, no pretendo negar la existencia de sentimientos o emociones que interfieren en el comportamiento humano y en el proceso de emisión y discriminación de estímulos, pero debe saberse que éstos son consecuencia del proceso de construcción, es decir, que las emociones y sentimientos racionales, no pueden existir sin la presencia de una mínima base de construcción de estímulos porque vienen afectadas por ellos mismos, nadie puede sentir algo sin que exista antes otro algo sobre lo que se apoye ese sentimiento, algo que mínimamente lo justifique, y eso no puede ser otra cosa que algún modo de construcción efectuada por el pensante o algo que previamente hubiera estado en el exterior antes que en sí mismo y que él mismo hubiera acatado. Una vez hecho este inciso, tan necesario como elocuente, pienso yo, hemos de centrarnos en el hecho fundamental de la cultura, base por debajo de las bases y soporte de mucha de nuestra información. Estamos hablando de nada más y nada menos que del lenguaje. El lenguaje guía nuestra toma de decisiones para la recepción y emisión de los estímulos. Una vez adquirido, éste sirve como organizador de estímulos, como abono para muchos de los razonamientos que quedarían marchitos sin su ayuda. El hombre necesita del lenguaje para desarrollarse pero, de un modo paradójico, el mismo lenguaje le priva de la totalidad, de la falta de relatividad, del todo en el uno. Y es que el lenguaje aporta mucha libertad al hombre en el sentido de servir de apoyo a muchos estímulos e información, pero a su vez le hace esclavo de él mismo, es el contrato que el hombre firmó un día con el lenguaje (o que le hicieron firmar), por medio del cual, éste se introduce en el sistema de razonamiento del hombre, le sirve de medio para con las otras personas y como fuente y manantial eficaz para con los demás dadores y receptores de estímulos, pero le hace pagar un precio: que no podrá desprenderse de él. Por más que el hombre quiera, todo lo describirá con el lenguaje, todo lo recibirá con el lenguaje, todo lo expresará con el lenguaje… O casi todo, y aquí viene el punto central de la exposición. Todavía queda un resquicio, un hueco por el que podemos asomarnos con cuidado de que el rey lenguaje no nos inunde, todavía podemos percibir, que no interpretar, la totalidad, el todo.

Pero es que ese hueco es tan pequeño (y a la vez tan grande), que nos asusta asomarnos por él. Nos sentimos cómodos en las tierras del reino del lenguaje, donde sus leyes nos gobiernan, dejándonos nosotros gobernar por ellas, haciéndonos paso en su corte, identificándonos con sus reglas y haciendo ver en cualquier lado y bajo cualquier circunstancia que sólo existe una corte, una ley y un soberano: el rey lenguaje. Razonamos con el propio lenguaje la existencia única del lenguaje para explicarlo todo y, si hay alguna duda, si alguien intenta echar un vistazo para ver si existe algo detrás de él, otro le explicará (como no, mediante el lenguaje), que eso son invenciones suyas o que eso no existe, que no hay nada más allá del poder absolutista del lenguaje. Y con esto caemos en el error de utilizar algo en un plano que no le pertenece. Utilizar el lenguaje para justificar la no existencia de nada más allá del lenguaje es como justificar que has elaborado un plato de paella valenciana con más paella valenciana, haciendo irreductible el término mismo y no siendo consciente de las limitaciones que supone esto, pues no ver más allá del término “paella” significa no ver que se compone de arroz, pimiento, carne…, estando esto último en otro plano, el de los ingredientes. Espero entiendan la metáfora y perciban que no se puede justificar la existencia o no existencia de que hay algo detrás del lenguaje con el mismo lenguaje. Pongamos otro ejemplo: supongamos que la única teoría vigente, explicativa de absolutamente todo lo que ocurre, fuese la teoría atómica según la enunció John Dalton en el siglo XIX. Según esta situación hipotética, todo se compondría por átomos, es decir, todo sería materia y fuera de la materia no habría nada. Sin embargo, todos sabemos muy bien que de hecho existen cosas que no se componen de átomos, que no son materiales, como un pensamiento o el sonido que procede del cantar de un gorrión, y en nuestro ejemplo, la existencia de éstas dos cosas se negaría por el simple hecho de no aceptar las limitaciones de lo que la gente utiliza como medio para todos sus razonamientos: en el ejemplo, la teoría atómica y en nuestra argumentación, el lenguaje. Es por ello que todo elemento construido por el hombre o procedente de la naturaleza es limitado, desde un árbol a una teoría científica, todo lo que el hombre socialmente ha elaborado a lo largo de la historia tiene un rango, un campo de poder y es, por tanto, imperfecto. Todo lo que hemos conocido por medio de la ciencia o del llamado razonamiento lógico tiene unos límites, y precisamente porque el mundo es limitado, porque es imperfecto, es precisamente por lo que lo podemos demostrar a la luz de la ciencia, porque a su vez, de los medios de los que nos valemos para ello son limitados, imperfectos, pero caer en el error de negar la existencia de lo que no alcanzan a medir nuestros imperfectos medios sería tan irracional como negar que existe nada más allá en el Universo de lo que puede llegar a medir la sonda espacial de la tecnología más puntera que se pudiera elaborar.

Entonces, si todo es limitado, si incluso nuestro imperfecto lenguaje cubre casi totalmente todos nuestros procesos de razonamiento, pensamiento y hasta nuestra propia identidad, podemos de momento, como mínimo, considerar irracional el ateísmo, pues un ateo sacraliza los límites, considerándolos el todo y nada más allá de ellos. El ateo confiere poder absoluto al imperfecto lenguaje, una construcción social, un instrumento de medida para lo limitado y un instrumento, en su caso, que no ha servido para otra cosa que para alienar al ateo mismo en la creencia de que no hay nada más allá del lenguaje, nada que el lenguaje no pueda explicar, haciendo éste del lenguaje, sin saberlo, un dios. No es mi intención el decir que “todos los ateos son iguales o que todos piensan de la misma manera”, pero creo que es indudable que, si una persona no admite la posibilidad de un Dios, de la Totalidad, es porque ha utilizado algún tipo de instrumento para llegar a esa conclusión, sea el razonamiento mediante el lenguaje, o dentro de éste mediante la ciencia, etc. Pero todos ellos limitados, todos ellos imperfectos y, situados por tanto, en otro plano distinto sobre el que es incorrecto abordarlo. Por tanto, damos la vuelta a lo que muchas personas piensan y proclamamos sin ningún tipo de miedo que el ateísmo es irracional.

Pero, aunque no siendo poca cosa el afirmar la irracionalidad del ateísmo, no debemos quedarnos ahí. De momento, la conclusión a la que podemos llegar tras la argumentación realizada hasta este punto es que no podemos afirmar la no existencia de Dios, de lo ilimitado pero, asimismo, tampoco podemos afirmar, en el sentido de demostrar, la existencia de Dios, pues todo a lo que me he estado refiriendo carecería de sentido si yo no reconociera, como de hecho reconozco, que al intentar llevar a cabo mi exposición, estoy haciendo uso yo mismo del tan mencionado lenguaje, con las limitaciones que ello supone, sobre todo al hablar de este tema específico. Es por ello que quiero aclarar que, al finalizar el presente capítulo, no quiero ni puedo dejar nada demostrado, pero sería infinitamente útil mi redacción si consigo hacer llevar a cabo una mínima reflexión sobre el tema expuesto mediante éste medio, tan imperfecto como a la vez imprescindible en muchas cosas como es el lenguaje.

Y es que existe algo, como ya hemos dicho, algo detrás del lenguaje y de la razón, algo que trasciende los límites y que, a la vez, podemos alcanzar, algo que hace que la raza humana cobre sentido… Y ese algo es el Amor. Amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros maridos, esposas, familiares o amigos, y con todos ellos aspiramos a procurar su felicidad por encima de la nuestra, su felicidad por encima incluso de nuestra propia vida. Deseamos que nada se interponga entre nosotros y ellos y, aunque en ocasiones podemos, mediante la razón o el lenguaje, argumentar que existen maridos, padres o hijos mejores en muchos ámbitos, a pesar de eso, no querríamos cambiarlos ni en el más absurdo de los sueños. ¿Por qué?, pero ¡si la razón nos dice lo contrario!, pero si, racionalmente, teniendo un marido la posibilidad de cambiar, por ejemplo, una esposa a la que no le gusta el fútbol ni los sitios de copas, suponiendo que a éste le gustasen, por otra con la que disfrutar de estas actividades, ¡no lo hace!. ¿Por qué?. ¿Por qué no se cambian a los hijos que tienen malas notas y no paran de molestar en casa por otros mejores (suponiendo que estuviera esto regulado)?. La respuesta a éstas preguntas es clara: porque el hombre conoce el amor y anhela el Amor, el hombre tiene sed de lo ilimitado, de lo eterno, de poder mirar por detrás de la razón sin miedo, de desafiar al reinado del lenguaje y de la ciencia. El Amor no conoce éstos límites que tanto anhela conocer el ser humano, pues cuando se intenta limitar se desvanece o desvirtúa. Queremos a otras personas y eso nos acerca a la eternidad, pues rompemos límites, y nos alejamos de la misma cuando las fallamos o cuando cometemos una injusticia contra éstas, volviendo mediante el perdón a acercarnos a ella de nuevo. El perdón rompe barreras, derriba muros para dar paso al Amor, nos hace el agujero más grande por detrás de la razón para que le veamos más cerca y le podamos así conocer mejor y acercarnos aún más. No hay nada más explícito para hablar de esto que la famosa lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios:

Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve.
El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El saber?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El don de predicar? se acabará. Porque inmaduro es nuestro saber e inmaduro nuestro predicar; pero cuando venga la madurez, lo inmaduro se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora inmaduro, entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

1Co 12, 31- 13, 13


El saber y el don de lenguas acabarán, pues son inmaduros, ya que son creados por el hombre, no así el Amor.

Mediante éste imperfecto medio como es el lenguaje, podemos llegar a caer en la cuenta de que, si hay algo que verdaderamente es ilimitado, si el hombre, siendo limitado, puede llegar a aspirar a algo así, es que esto existe independientemente del hombre, pues algo imperfecto, sujeto a límites, como el ser humano, no puede crear o elaborar culturalmente algo que lo trasciende, como es el Amor.

En definitiva, el Amor no entiende a la razón y no se puede dar a conocer mediante el lenguaje, pues están en planos diferentes, así que, estimado lector, si ha entendido mínimamente el texto, redactado con éste mismo medio, es que usted ha mirado por ese hueco, ha experimentado la carencia de límites, se ha acercado a la eternidad, y sólo me queda invitarle a una mayor experiencia con esto para que perciba lo privilegiado que es usted y los que le rodeamos, pues Dios ha querido regalarnos la eternidad.

3 comentarios:

rocío dijo...

ateismo, fe, amor...son términos algo escurridizos y díficil de posicionarse en ellos. El hueco es díficil de ver porque anda muy difuminado..

GGF dijo...

Son difíciles de ver con un sistema que te los redefine contínuamente. A veces buscamos palabras para describir y explicar los conceptos difíciles y no nos damos cuenta que su complejidad se basa en eso, en que escapan a ellas. Si hacemos al lenguaje herramienta "maestra" para comprenderlo todo, esos términos nunca dejarán de resultar escurridizos y el posicionamiento a un lado o a otro será imposible, nos quedaremos siempre "en medio" fruto del relativismo que nosotros mismos nos impondremos.

Lo mismo pasa con el hueco, que será tan grande como lo sea nuestra capacidad para "mirar" detrás de nuestra cultura. En esto se basa la meditación Zen, pero te digo, si dices que el hueco es difícil de ver, estás muy por encima de muchos, porque de momento aceptas que existe.

rocío dijo...

tal vez si que sea la sociedad quien no nos deje ver a través del hueco.

Todo está esteriotipado, definido, encasillado por defecto. De ahí que cualquier sentimiento o expresión que escape a la razón se anula sin más.

¿Hasta que punto nos sentimos libres para expresar, hablar, emocionarse o hacer emocionar, amar o ser amado...?
Las emociones, los sentimientos, las sensaciones escapan inevitablemente a la razón y por más que queramos, se guían por instintos que surgen del alma no de la mente.
El sistema se empeña en racionalizar estos instintos en darles una lógica, en someterlos a un control para dejar bien atado todo aquello que nos pueda dar un toque de frescura, imaginación, originalidad... para convertirnos así en máquinas.
Las máquinas tienen un mismo mecanismo o patrón. ¿Qué se pretende anular así lo que queda de persona en cada uno de nosotros?....ya hace tiempo que eramos marionetas. En la actualidad, ¿En qué nos estamos convirtiendo?