viernes, 13 de febrero de 2009

El miedo es más rentable

Cuando alguien percibe de verdad lo finito de éste mundo puede desarrollar al máximo su amor, y es únicamente mediante el amor por el que podemos convertir el límite en eternidad


El miedo nos hace sustituir el amor por materia, y nadie es pleno con la materia. Muchos se empeñan en acumularla y en tener la esperanza de poseer más, no porque piensen que esa es la mejor manera de vivir, sino porque no piensan sobre la mejor manera de vivir. ¿Cómo se puede pensar sobre esto en un sistema en el que el único motor esencial del hombre, lo único que puede darle una vida plena está paradójicamente censurado? ¿Con cuántas personas se puede tener una conversación sobre como mejorar tu amor por los demás, por tu madre, tu padre, tu hermano o tus amigos sin que te etiqueten como “tarado”, “raro” o “deprimido” o simplemente piensen: “estará pasando una mala época”?.

Una sociedad donde rigen unos valores basados en el consumo como fin en sí mismo, en la creación de necesidades basándose, no en su objetividad, sino en el lucro de quien las propone y explota, en la denigración del débil, en la potenciación y valoración positiva de rasgos y conductas personales como frialdad en trabajo y vida afectiva, consideración de la imagen sobre el trasfondo (“hacer creer” sobre “hacer ver”), ambición económica por encima de la personal, etc. es una sociedad cultivada sobre el miedo, un miedo que lo destapa la conciencia de muerte (que aparece sobre todo en momentos de rotura interna de lazos personales, ya sea por muerte, frustración, etc.), ya que solo se encuentra tapado superficialmente por lo que éste sistema ofrece al hombre. La fugacidad de las cosas, de los acontecimientos, de las necesidades, que cada vez es mayor, favorece la esperanza, pero una esperanza vacía, cuyo principal objetivo es eludir la conciencia de miedo, y al fin y al cabo, eludir la necesidad que está por encima de todas las necesidades: la del amor. El amor requiere compromiso para hacerlo pleno, entrega gratuita y, sobre todo, humildad, porque es el hombre humilde el único que no le pasa como a muchos, que el miedo les inunda tanto cuando ven la muerte cerca (en ese momento parte de la realidad se les descubre) que buscan desesperadamente un escape, algo que no les haga pensar en ello, que desvíe su atención (nuestra sociedad ofrece un gran catálogo para ello). El hombre humilde, en cambio, lucha contra el miedo con sus propias armas, se empeña en ver que él mismo es algo insignificante en el mundo, algo efímero, una mota de polvo en un gran vertedero, sabe que la muerte es algo cercano y que, por lo tanto, el hombre tiene unos límites muy acotados. Por eso percibe como absurdo el utilizar algo limitado (como lo que ofrece nuestro sistema) para intentar hacer plena su vida, eso no tendría sentido y le llevaría a la desesperación.

El hombre humilde, consciente de lo limitado, busca lo ilimitado para hacerlo frente, y nada cumple las características necesarias para ser considerado así salvo el amor. El amor pleno no conoce fronteras; puede unir pueblos, detener guerras o hacer que alguien decida no existir por amor. El amor traspasa la barrera inquebrantable para el hombre capitalista: la de la muerte; no necesita objeto ni esperanza de llegar algún día a ser superado (aunque si aumentado), porque nada que no tenga límites puede superarse; es el Carpe Diem en toda su pureza, es la seguridad de saber que: “Puedo morirme hoy, que no temeré, pues mi vida es plena”.

1 comentario:

rocío dijo...

Me has dejado sin palabras, parece como si la última frase tuviese plena realización en tí. Es decir, que no tienes miedo por estar convencido de lo que quieres, y deseas...

Admirable, quien fuese tú.