
Casi con frecuencia diaria afloran cientos de videos e imágenes, que mediante el perjuicio de la sensibilidad o el despertar de la más cruda repugnancia, intentan persuadir al público para que tome conciencia de la realidad del aborto, mostrando en el mejor de los casos imágenes en cuarta dimensión que dejan ver partes del cuerpo del feto de turno (en el peor muestran esto mismo pero del feto ya abortado) mientras nos describen en tono impositivo lo que estamos viendo. No puedo negar que el morbo o la curiosidad me han llevado en más de una ocasión a visualizar alguno de ellos (procuraba que no fuese después de comer), haciéndome reflexionar siempre sobre la misma cuestión: ¿En qué medida necesitamos hacer una llamada a nuestras emociones para forjar una opinión sobre un hecho más o menos objetivo o para llevar a cabo una serie de acciones?. Es entonces cuando me acuerdo de cosas tales como anuncios de determinadas ONGs que muestran la carita sonriente y a la vez apenada de algún niño africano pidiendo ser apadrinado o de los llantos que escuché en su día en la sala de cine donde se proyectó la última película de Titanic, justo en el momento en que el pobre Leo di Caprio murió congelado en el mar; apuesto a que gran parte del público esbozaría una tierna sonrisa en su cara si hubiese sobrevivido, a pesar de los otros miles de personas que murieron en el gran naufragio que realmente aconteció en 1912. Con esto quiero referirme a que dependemos en gran parte de la emocionalidad para formar nuestras opiniones, siendo en ocasiones excesivo el peso de ésta si tenemos en cuenta que la gente desea actuar siguiendo unos principios éticos en cierta manera universales (esos que decimos muchos que tenemos pero de los que tan vacíos suelen estar nuestros actos). Bien es sabido que, por ejemplo, la simpatía de un líder de un partido político o de un pobre que nos pide limosna (vaya personajes tan sumamente contrapuestos) influye en no poca cuantía sobre nuestras decisiones de votar al partido en cuestión o rascar nuestros bolsillos respectivamente. Muy posiblemente ésta sea una realidad psicológica intrínseca al ser humano de la cual podemos difícilmente prescindir, sin embargo, tenemos de hecho otra cualidad igualmente válida con un potencial suficiente (aunque muchas veces demasiado oculto) como para comprender cuándo la anterior está actuando o bien en perjuicio de otros, o bien mostrándonos una cara sesgada de lo que puede cabalmente considerarse más acorde con citados principios. Estoy hablando de la razón. Si, la misma que hizo ver al ser humano en 1927 que un hombre no puede ser tratado como un electrodoméstico con la abolición oficial de la esclavitud; en el siglo XVIII que algunos no es que estén endemoniados, sino que tienen una enfermedad mental (ver Philippe Pinel); o en 1933 que a lo mejor no es tan malo que las mujeres españolas puedan tener peso en un gobierno que directamente les incumbe, con el sufragio universal; quizá, y solo quizá, pueda también algún día dar cuenta de que no es realmente necesario que nuestros sentidos perciban varios dedos, algún ligero gemido o cierta forma fetal similar a un adulto para considerar que algo goza del don de la vida, pues creo que lejos quedó ya el empirismo de John Locke para el que lo único real era lo que nos brindaban éstas inmediatas pero imperfectas percepciones.
Podemos guiarnos puramente por la emocionalidad y dar limosna preferentemente al que consideremos más simpático por encima de otro que pudiese sentir mayor necesidad, o votar al candidato con más porte o más similar a nosotros aunque su programa electoral sea una verdadera birria, o así igualmente ignorar la tenencia de vida de algo que “parece que no la tiene” y dedicarnos únicamente a defender la comodidad de la supuesta embarazada, pues esta si que nos produce verdadero pesar de conciencia. O quizá por último podemos decantarnos por quitar el polvo a eso que llaman razón humana que tenemos en el fondo de nuestro baúl interior, y molestarnos en aprender su no muy complejo funcionamiento antes de convencernos claramente sobre algo.